Mónica Gutiérrez Peña
Familiar de persona con trastorno psicótico

«Aprendimos a convivir con el trastorno de nuestra madre, a respetarla y amarla como era»

La salud mental no es sino el bienestar biológico, psíquico, social y espiritual de una persona, situación difícil de alcanzar en los días en que vivimos y cuyos desequilibrios son cada vez más frecuentes. Los trastornos mentales son enfermedades como cualquier otra, pero, tanto antes como ahora, tienen el agravante de ser tabús. La mayoría de la gente no quiere hablar de ellos, no los reconocen en sí mismos o en sus familiares, los ocultan y les producen miedo y hasta vergüenza.

Y eso es verdad porque yo he convivido con ellas desde niña, ya que mi madre tuvo su primer episodio de «crisis por esquizofrenia» cuando yo tenía solo 9 años. Llamo «crisis» a la primera vez que perdió la razón, que no sabía quién era, que veía alucinaciones, que cambiaba de personalidad y que, sobre todo, no nos reconocía como su familia y era agresiva con nosotros y con su entorno. Vivíamos un constante cambio emocional.

Mi madre sostuvo estas crisis por lo menos dos veces al año durante toda mi infancia y adolescencia. Estas crisis podían durar semanas o incluso meses, y su personalidad cambiaba de crisis en crisis. Recuerdo ver a una persona que se parecía a mi «mami», pero siempre que volvía, actuaba de una forma diferente, la veía diferente, se vestía diferente, me daba miedo. A medida que crecimos, esas crisis se espaciaron en el tiempo y, cuando nos hicimos adultas, sus episodios disminuyeron hasta el punto de poder salir en horas de una crisis sin necesidad de ingresarla en ninguna clínica psiquiátrica. Hasta le cambiaron el diagnóstico por trastorno bipolar. Pero, en realidad, ya no nos importaba como se llamaba, solo era un trastorno mental que nos había cambiado la vida a todos de una u otra forma para siempre.

El trastorno mental de mi madre nos cambió la vida a todos de una u otra forma para siempre.

Esto para una niña es difícil de vivir y de entender. Sin embargo, tuvimos, tanto mi hermana pequeña como yo, la dicha de contar con el apoyo y sabiduría de nuestro padre, nuestros abuelos y nuestros tíos, quienes, con muchísimo amor y paciencia, nos enseñaron que ese trastorno era solo eso, una trastorno como cualquier otra. Que nuestra madre no había elegido eso, solo le tocó. Que, así como algunas personas tienen cáncer, a otras les ocurren accidentes y pierden una extremidad, otras se enferman de los riñones… Pues a algunas personas les toca la cabeza, y no lo hacen a propósito, ni están manipulando, solo padecen un trastorno que a veces les supera.

Nos enseñaron a no avergonzarnos de eso, pues no tenía nada malo, ni en ella ni en nosotras. Y aprendimos a amar inmensamente a nuestra madre, aunque a veces no lo pareciera. Nos enseñaron a no juzgarla, a respetarla a pesar de mostrarse agresiva, vulnerable, frágil y hasta terriblemente insoportable en ocasiones. Aprendimos que el amor y la unión de la familia todo lo puede, que con paciencia la podíamos ayudar desde la tolerancia.

Cuando estaba bien, «sin crisis», era espléndida, cariñosa y muy buena. Le explicábamos como actuaba en las crisis y le dábamos pautas para que saliera de sus trances, que nos recordara y recordara quien era. Recuerdo que ella, desde su amor infinito de madre, cuando estaba en estos episodios, se esforzaba por recordar y trataba de repetir, como si fuese la tabla de multiplicar, su nombre, el nuestro y la razón de estar allí.

Nos enseñaron a no juzgarla, a respetarla a pesar de mostrarse vulnerable, frágil y hasta terriblemente insoportable en ocasiones. Aprendimos que el amor y la unión de la familia todo lo puede.

Mi padre fue inmensamente amoroso y paciente, nunca nos abandonó, y compensó con creces las carencias que pudimos padecer por tener una madre con trastorno de salud mental. Pero recuerdo también que, con disciplina, nos decía que tener esta situación no nos hacía menos responsables de nuestras vidas, estudios y trabajos en el hogar, y que no era excusa para ser menos que los demás, solo que el esfuerzo debería ser más grande. Nos leía Mujercitas y nos comparaba con los personajes, diciendo que a ellos les tocó una guerra y sin embargo salieron adelante como una familia unida.

Recuerdo cocinar a los diez años, madurar muy de prisa, haberme privado de algunas cosas de las que disfrutan los adolescentes, como a todo el mundo le toca alguna vez. Pero, sobre todo, aprendimos a convivir con el trastorno como algo normal.

Mi madre era espléndida, cariñosa y muy buena. Desde su amor infinito de madre, cuando estaba en crisis repetía como si fuese la tabla de multiplicar su nombre, el nuestro y la razón de estar allí.

Hoy en día, tanto mi hermana como yo, somos personas sanas, sin vicios, alegres, realizadas, con carreras profesionales y postgrados, felizmente casadas, con hijos maravillosos y servidoras de nuestra comunidad, con amor y agradecimiento por lo vivido. Porque cada una de las experiencias que nos ha tocado vivir a través de este trastorno nos hizo más fuertes, más unidas y mejores personas. Aprendimos a valorar la salud, la familia y la vida como un tesoro, pero sobre todo como un regalo de Dios.

Mi madre murió a los 61 años a consecuencia de un accidente cerebrovascular (ACV) en el tallo cerebral por una subida de tensión ocasionada por la angustia de una operación de cráneo a mi hijo cuando tenía solo 4 meses, y mi padre falleció un año después de su partida, a la edad de 64 años; presumimos que se dejó llevar…

En honor a mis padres: Nilda Consuelo Peña López de Gutiérrez, la madre más amorosa y entregada, y Ángel Humberto Gutiérrez González, el padre más sabio y tolerante.

Este contenido no sustituye la labor de los equipos profesionales de la salud. Si piensas que necesitas ayuda, consulta con tu profesional de referencia.
Publicación: 23 de Marzo de 2022
Última modificación: 29 de Marzo de 2022